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El poder de una vida consecuente – parte 2: La educación no se limita a impartir conocimientos

En la primera parte de esta serie demostramos que nuestra forma de vivir afecta de un modo determinante el poder de nuestra enseñanza. ¿Por qué es así?

La respuesta la encontramos en la naturaleza de la verdadera educación, que no consiste solamente en la adquisición de conocimientos, ni el aprendizaje de una profesión. La educación en su sentido más profundo consiste en internalizar principios de verdad, obediencia, integridad, pureza, servicio abnegado y otras virtudes morales (White, 1964, p. 26).

Man reading the Bible.
Photo: Unsplash

Nuestro objetivo como educadores no es solamente informar la mente, sino formar el carácter, moldear la vida. La verdadera educación no busca solamente que el alumno aprenda gramática y ortografía, sino que sus palabras habladas o escritas sean puras, bondadosas y veraces; no solamente que sepa realizar operaciones matemáticas, sino que las aplique en la vida práctica con exactitud y honestidad; no solamente que conozca las leyes del país, sino que las practique; no solamente que memorice textos bíblicos, sino que los viva cotidianamente.

Para lograr esta clase de educación vale mucho más el ejemplo de nuestra vida que lo que decimos en una hora de clase. Querámoslo o no, enseñamos mucho más fuera del aula que dentro de ella. Especialmente impactante es el testimonio inconsciente que damos, que vale mucho más que el testimonio premeditado que ocurre cuando conscientemente tratamos de impresionar a los demás como buenos cristianos. Somos modelos constantemente observados por nuestros alumnos, quienes deciden si vale la pena imitarnos o no.

Frente a esta solemne realidad sería bueno que hiciéramos una auto evaluación, porque podría ocurrirnos lo que San Pablo describe en Romanos 2:21-22, donde adviene: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas los ídolos, ¿cometes sacrilegio?” Si San Pablo viviera hoy, quizás nos preguntaría: tú que enseñas que hay que ser honestos, ¿buscas subterfugios para no pagar impuestos, o mientes para no pagar una multa? Tú que instas a tus alumnos a amar a todos, ¿criticas a tus colegas por sus errores reales o supuestos, minando su reputación? Tú que abogas por una vida sana, ¿comes o bebes aquello que sabes que no es recomendable para tu salud? Tú que instas a tus alumnos a mantener una conducta sexual pura, ¿llenas tu mente de escenas inmorales mediante videos, programas o literatura indebida? Tú que aconsejas a tus estudiantes a tener dominio propio, ¿te impacientas cuando las cosas no van bien en el aula? Tú que hablas de igualdad y respeto hacia los demás, ¿ridiculizas a los alumnos que tienen dificultades para aprender?

Nuestro ejemplo habla más fuerte que nuestras palabras, de modo que si hay contradicción entre ambos lenguajes nuestros alumnos seguirán nuestro ejemplo antes que nuestras palabras. Alguien podría pensar que esto ocurre solamente cuando los demás ven nuestras acciones. Pero, aunque nadie nos viera, nuestra vida afecta el poder de convicción de nuestras palabras. Uno puede mentir con las palabras, pero no puede mentir con el lenguaje no verbal de los gestos y el tono de la voz. Nuestros alumnos perciben si nosotros realmente creemos y aceptamos lo que enseñamos o no. Es la convicción íntima que acompaña a lo que decimos lo que hace que nuestra educación sea efectiva. Si practicamos lo que enseñamos, lo enseñaremos con convicción y nuestros alumnos sentirán el impacto.

*El artículo es el segundo de una serie de tres artículos. Leer el primero. El tercero será publicado la próxima semana.


Nota: Artículo escrito y publicado en Español.

Carlos Steger

Carlos Steger

PhD (Andrews University), es Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Adventista del Plata, Argentina. Se ha desempeñado como pastor, profesor, administrador y redactor.
Carlos Steger

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